Este es uno de esos libros que llevaba tiempo rondando el Club de lectura. Se había propuesto varias veces, pero nunca terminaba de salir elegido. Las buenas opiniones que había leído sobre él y el hecho de que existiera una película basada en la novela hicieron que quisiera leerlo antes de ver nada.
La historia comienza con Juliet Ashton, una joven escritora londinense de 33 años que ha tenido cierto éxito con su primer libro. Mientras recorre el país firmando ejemplares, busca una nueva historia que le permita demostrar su valía. Juliet es independiente, moderna, desenfadada… incluso puede parecer algo frívola en algunos momentos. Mantiene correspondencia constante con su editor y amigo Sidney Stark, hermano de su amiga de la infancia, Sophie, y también con un admirador estadounidense, el rico editor Markham V. Reynolds.
Todo cambia cuando recibe la carta de un desconocido: Dawsey Adams, un granjero de la isla de Guernsey. Ha comprado de segunda mano un libro de Charles Lamb que perteneció a Juliet (su nombre y dirección estaban escritos en el interior) y le escribe para preguntarle dónde puede conseguir más obras del autor. Nos situamos en 1946, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, en una Europa que todavía intenta recomponerse.
A través de esa primera carta, Juliet descubre la existencia de la Sociedad Literaria del pastel de piel de patata de Guernsey, un pequeño club de lectura que surgió de forma casi accidental durante la ocupación alemana de la isla. Poco a poco empiezan a llegarle cartas de los distintos miembros de la sociedad. Cada una de ellas abre una ventana a sus vidas, a sus recuerdos y a la manera en que los libros les ayudaron a sobrellevar aquellos años difíciles. Sin apenas darse cuenta, Juliet empieza a sentirse vinculada a esas personas que aún no conoce, pero que ya siente cercanas.
Movida por la curiosidad y por el creciente afecto que le despiertan, decide viajar a Guernsey para conocerles.
Allí se encontrará con una realidad muy distinta a la imaginada. Conoceremos lo que supuso vivir bajo la ocupación alemana, las pequeñas y grandes tragedias cotidianas, la solidaridad entre vecinos y una ausencia especialmente significativa: la de Elizabeth McKenna. Dentro del drama de la guerra hay también momentos llenos de humor y ternura, como la propia formación de la sociedad y la manera tan singular en la que nació.
La novela está escrita en formato epistolar. Toda la historia se construye a través de cartas y telegramas. Dicho así puede parecer complicado seguir la trama, pero ocurre justo lo contrario. A medida que avanza el intercambio de correspondencia, la narración fluye con naturalidad y mantiene el interés en todo momento. La autora maneja el formato con gran habilidad, permitiendo que conozcamos los matices de cada personaje sin perder claridad.

Los personajes son muy distintos entre sí y están muy bien dibujados. Cada uno aporta su voz, su historia y su manera de entender la lectura como refugio. La novela combina historia y cotidianidad a partes iguales. Habla del hambre, de las pérdidas, de la ocupación nazi en las Islas del Canal, pero no es una novela bélica al uso. Es, sobre todo, una historia sobre personas: sobre amistad, aceptación, comunidad y sobre el poder de la literatura para sostener en momentos difíciles. El final puede resultar algo previsible, quizá un poco de cliché, pero no desmerece en absoluto el conjunto.
Quizá en el último tercio noté una ligera pérdida de ritmo. No sé si fue porque esos días no lo leía de manera tan continuada o si tiene que ver con el hecho de que la obra fue finalizada por la sobrina de la autora (Mary Ann Shaffer), pero sí sentí que esa parte me costó un poco más.
Aun así, la historia es preciosa y dura a la vez. Está escrita con tanta delicadeza que lo trágico nunca se vuelve excesivamente pesado. Es una novela luminosa incluso cuando habla de temas oscuros.
Quizá parte de lo entrañable que me ha parecido esta historia tenga que ver con el propio formato epistolar. Hay algo casi mágico en la correspondencia física, en esa espera entre carta y carta, en el papel que viaja y llega con palabras pensadas y reposadas. Vivimos en una época tan inmediata y tecnificada que esa costumbre se ha perdido casi por completo. Recuerdo de niña intercambiar cartas con mis primas, contándonos cosas insignificantes (hablar de nuestros perros, del colegio, de pequeños secretos…) y la ilusión de abrir el sobre y leerlas. Leer esta novela en formato de cartas me ha despertado una nostalgia inesperada por aquella manera de comunicarnos, más lenta y quizá también más profunda.
Además, me ha llevado a interesarme por varios episodios históricos que desconocía: la ocupación alemana de las Islas del Canal y, en concreto, la evacuación de los niños. Incluso me ha despertado curiosidad por Guernsey. He cruzado el Canal de la Mancha en ferry en dos ocasiones y nunca me había detenido a pensar en esas islas que quedaban a un lado. Después de leer este libro, dan ganas de volver… pero esta vez para parar allí y no pasar de largo.
Una novela que confirma algo que en el club repetimos muchas veces: que los libros tienen un instinto secreto y terminan encontrando al lector adecuado en el momento justo.
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