Lo mío con los huertos surgió de forma totalmente fortuita durante el confinamiento por la pandemia de la COVID-19.
No digo diez años atrás. Ni cinco. Ni cuatro. Si una semana antes alguien me hubiera dicho que me iría a vivir al campo, que montaría un huerto, que tendría gallinas y que me gustaría cultivar… me habría echado a reír.
Vivíamos en un piso pequeño y llevábamos tiempo queriendo cambiarnos a una vivienda más grande, pero ni me planteaba irme al campo. ¿Quitar malas hierbas? ¿Hacerme cargo de una parcela? Ni de coña. Me crié en el campo y siempre renegaba del trabajo que implicaba tener una casa con jardín. Pero tras una semana confinados, la casa se nos caía encima. Cuatro personas en 70 metros cuadrados se nos hicieron cuesta arriba. Así que decidimos irnos a la casa familiar donde me crié, que en aquel momento solo usábamos en verano y estaba vacía. Y allí empezó todo.
Cuando llegamos sentí algo difícil de explicar. La casa, tan bonita y llena de vida cuando yo era más jovencita, estaba bastante dejada. Sinceramente, me partía el alma verla así. Hubo un momento en el que algo dentro de mí dijo: “Lo que no te guste, cámbialo. Lo que no hagas tú, no lo va a hacer nadie”.
Y empezamos.
Durante aquellos primeros días nos dedicamos a podar árboles, arreglar macetas, retirar trastos y eliminar ese “ruido visual” que se había acumulado con los años. Poco a poco el espacio empezó a respirar.
El origen de los bancales elevados
Un par de semanas después, mi marido me preguntó qué hacíamos con un palet de traviesas de madera que había en la parcela inferior. Las había comprado mi hermana años atrás con la idea de hacer jardineras, pero nunca llegaron a usarse. Le enseñé lo que ella tenía en mente y él propuso hacer unos huertos, unos bancales elevados.
Ahí nació nuestro huerto.
La elección de los bancales elevados fue casi por casualidad: aprovechar aquellas maderas y darles uso. Además, según leía en internet, parecía un sistema cómodo para la espalda. En aquel momento, ese era el único beneficio que veía.
Sin tener ni idea de orientaciones, corrientes de aire o calidad del suelo, elegimos una zona cercana a donde estaban las maderas (más por comodidad que por criterio agrícola), limpiamos las malas hierbas y empezamos a ensamblar. Con aquellas traviesas construimos tres bancales de aproximadamente 3,60 x 1,22 metros y uno más pequeño de 1,22 x 1,22 metros.
Una vez terminada la estructura, tocaba rellenar. El gran error: pensar que cualquier tierra sirve. Utilizamos unas sacas de tierra cribada que había allí, de un intento anterior de hacer un huerto con bañeras recicladas (eso merece otro artículo). Con esa tierra llenamos dos bancales.
Para los otros dos llamamos a una empresa local que, incluso en pleno confinamiento, seguía trabajando y suministrando materiales a particulares. Compramos varias sacas más. Aquella tierra venía sin cribar, con piedras e incluso algunos restos de obra. Si la primera era regular, esta era peor. En aquel momento yo pensaba que para cultivar cualquier tierra valía. Hoy sé que el suelo lo es todo.
Aquel verano lo pasamos en el campo y nuestra distracción fueron aquellos bancales. Improvisamos el riego (os lo contaré en otro artículo) y empezamos a plantar sin demasiada planificación.

Ese fue el principio.
Después del verano, mi hermana trajo un segundo palet de traviesas que quedaban de las que se compraron originalmente y construí cinco bancales más, esta vez de 2,40 x 1,20 metros. Los rellené con tierra vegetal cribada con mantillo, algo mejor que la anterior, aunque todavía lejos de lo que hoy considero un buen suelo.
No sabía nada sobre materia orgánica, microbiología del suelo ni fertilidad real. Eso lo aprendí más tarde, en otoño de 2020, en un curso de agricultura orgánica que se impartía en Elche en la UMH. Allí conocí el método de Parades en Crestall, que es el sistema que sigo actualmente. En este artículo explico en qué consiste el método (click aquí ->)
Cómo es mi huerto ahora
Hoy, además de los bancales elevados de madera, tengo cuatro bancales más en el suelo de 6 x 1,5 metros que utilizo para cultivos más grandes como calabazas, habas, calçots o boniatos. También he creado zonas en semisombra para frutos rojos y fresas en bañeras y jardineras.
Seis años después seguimos viviendo en el campo. Hemos plantado frutales, trasplantado árboles a otras zonas de la finca, hemos creado setos naturales de aromáticas y transformado poco a poco aquel espacio descuidado en un lugar vivo.
Lo que empezó como una distracción durante el confinamiento se ha convertido en una forma de vida.
Y os diré algo más.
Esos bancales elevados hechos con traviesas de madera fueron mi terapia. Los años 2020 y 2021 fueron duros: ansiedad, miedo, preocupación… Construirlos, ensuciarme las manos y ver crecer algo en medio de tanta incertidumbre se convirtió en el ancla que necesitaba para estar centrada.
Y lo sigue siendo.
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